Capítulo II



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UNA INVESTIGACIÓN DE LA NATURALEZA Y LAS CAUSAS DE LA RIQUEZA DE LAS NACIONES.

ADAM SMITH

LIBRO PRIMERO
DE LAS CAUSAS DE MEJORA DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS DEL TRABAJO Y DEL ORDEN DE ACUERDO AL CUAL SU PRODUCTO ES NATURALMENTE DISTRIBUIDO ENTRE LAS DIFERENTES CATEGORÍAS DEL PAÍS

CAPÍTULO II

Del Principio que da ocasión a la División del Trabajo


Traducción de este enlace, o de este otro.




1.2.1 [La propensión al comercio es la causa última de la división del trabajo] Esta división del trabajo, de la cual se derivan tantas ventajas, no es originalmente el efecto de alguna sabiduría humana que prevé y dirige esa opulencia general a la cual ella da ocasión. Esta es la necesaria, aunque muy lenta y gradual, consecuencia de una cierta propensión en la naturaleza humana, la cual no tiene en vista semejante utilidad; la propensión a tratar, canjear y cambiar una cosa por otra.
1.2.2 Si esta propensión es uno de aquellos principios originales de la naturaleza humana de la cual ninguna explicación adicional puede darse; o si, como parece más probable, es la necesaria consecuencia de las facultades de la razón y el lenguaje, no pertenece al objeto de nuestra investigación. Es común a todos los hombres, y no se puede encontrar en otra raza de animales, quienes parecen no conocer ni este ni otra especie de contratos. Dos galgos corriendo tras la misma liebre, tienen a veces la apariencia de actuar en alguna especie de acción concertada. Cada uno de ellos empuja la liebre hacia su compañero o trata de interceptarla cuando el otro la empuja hacia su camino. Pero este no es el efecto de ningún contrato, sino la concurrencia accidental de sus pasiones en el mismo objeto en ese momento particular. Nunca nadie vio a un perro hacer un intercambio justo y deliberado de un hueso por otro hueso con otro perro. Nadie nunca vio a un animal indicar con sus gestos y gritos naturales esto es mío y esto es tuyo y deseo darte esto a cambio de eso. Cuando un animal desea obtener algo, bien de un animal, bien de una persona, no tiene otro medio de persuasión que ganar el favor de aquellos cuyos servicios requiere. Un pequeño cachorro adula a su madre, y un spaniel trata mediante un millar de distracciones atrapar la atención de su amo quien está en la mesa comiendo, cuando quiere ser alimentado por su amo. El hombre a veces usa las mismas artes con sus hermanos, y cuando no tiene otros medios de pactar con ellos para actuar de acuerdo a sus inclinaciones, procurando con cada servil y adulador atención obtener su voluntad. El hombre no tiene tiempo, sin embargo, de hacer lo mismo en cada ocasión. En la sociedad civilizada, el hombre espera siempre la cooperación y asistencia de grandes multitudes, mientras su vida entera es escasamente suficiente como para obtener la amistad de unas pocas personas. En casi todas las demás razas de animales cada individuo, cuando es adulto, es enteramente independiente, y en su estado natural, no tiene ocasión de la asistencia de ninguna otra criatura viviente. Pero el hombre tiene constantemente ocasiones de obtener la ayuda de sus hermanos, y en vano esperar su ayuda únicamente de su benevolencia. Es más probable para él prevalecer si puede interesar en su autoestima y enseñarles que es por su propia ventaja hacer por él lo que se requiere de ellos. Cualquiera que ofrezca a otros una oferta de cualquier clase, se lo propone. Dame aquello que yo quiero, y tu obtendrás lo que tu quieres, es el significado de este tipo de ofertas; y es de esta manera que nosotros obtenemos de otra persona la mayor parte de aquellas mercancías que nosotros esperamos de ellos. No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero, del panadero que nosotros esperamos nuestra comida, sino del cuidado de su propio interés. Nos dirigimos a ellos no a su humanidad, sino a su propio interés, y nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas. Nadie excepto un mendigo elige depender de la benevolencia de sus propios ciudadanos. Incluso un mendigo no depende enteramente de ello. Si bien es cierto que la caridad de la gente bien dispuesta, incluso le suministra con todos los fondos de su existencia, también es cierto que no todo lo que le es suministrado lo es en el momento en que lo necesita. La mayor parte de sus necesidades ocasionales son suministradas de aquella otra gente, por amenazas, por intercambios, y por adquisición. Con el dinero que un hombre le da, él compra comida. Las ropas viejas que el intercambió por otras ropas viejas que le sentaban mejor, o por alojamiento o comida, o por dinero, por el cual él pueda comprar comida, ropa o alojamiento, tan pronto tenga ocasión.
1.2.3 Bien sea por intercambio, permuta o compra, nosotros obtenemos de otro la mayor parte de las mercaderías que nos proporcionan, a ambos, mutuos beneficios y de las que tenemos necesidad, por lo que de esta misma disposición a comerciar da originalmente lugar a la división del trabajo. En una tribu de cazadores o pastores una persona en particular hace arcos y flechas, por ejemplo, con más disposición y destreza que cualquier otro. A menudo intercambia los arcos y flechas por ganado o venado con sus compañeros, y se encuentra al fin que puede de esta manera obtener más ganado y venado que si él mismo hubiese ido a la selva a la captura de ellos. Desde un punto de vista respecto a su propio interés, por lo tanto, la elaboración de arcos y flechas pasa a ser su principal negocio, y él se convierte en una especie de armero. Otro sobresale en hacer las estructuras de sus chozas y casas móviles y se ocupa de ellas. Él está acostumbrado a ser útil de esta manera a sus vecinos, que le recompensan de la misma manera con ganado y con venado, hasta que por fin lo encuentra su interés para dedicarse enteramente a este trabajo, y convertirse en una especie de carpintero de casas. De la misma manera una tercera persona se convierte en un herrero o fabricante de calderero, un cuarto o un curtidor de pieles o sastre. Y, por tanto, la certeza de poder intercambiar todo la parte excedente de la producción de su propio trabajo, que está por encima de su propio consumo, por esa parte de la producción de otros hombres, alienta a todos los hombres a aplicarse a sí mismos a una particular ocupación, y para cultivar y llevar a la perfección sea cual sea el talento o el genio que puede tener para esa especie en particular labor.
1.2.4 La diferencia en los talentos naturales en diferentes hombres es, en realidad, mucho menos de lo que pensamos; y las muy diferentes capacidades que parecen distinguir los hombres de diferentes profesiones, cuando llegan a la madurez, en muchas ocasiones no es tanto la causa como el efecto de la división del trabajo. La diferencia entre los caracteres más disímiles, entre un filósofo y un portero común, parece que no es debido más a la naturaleza que al hábito, a la costumbre y a la educación. Cuando ambos vienen al mundo, y hasta la edad de seis o siete años, son quizás muy similares, y ni sus padres ni sus compañeros de juegos podrían notar ninguna diferencia relevante. Alrededor de esa edad, o poco después, son empleados en diferentes ocupaciones. Debemos tomar nota de la diferencia de talentos, que se amplía por grados, hasta que por fin la vanidad del filósofo no está dispuesto a reconocer que hay mucha semejanza entre uno y otro. Pero sin la disposición al transporte, el trueque y el intercambio, todo hombre debe procurarse a sí mismo cada conveniencia y necesidad de la vida que él quisiera. Todos deberían tener los mismos deberes para llevar a cabo, y el mismo trabajo que hacer, y no podría haber ninguna diferencia de empleo por que de por sí sola no podría dar motivo a ninguna gran diferencia de talentos.
1.2.5 De igual modo esa tendencia es la que da lugar a la diferencia de capacidades tan notable entre hombres de procedencias distintas, es también esa tendencia la que convierte en útil la diferencia de capacidades. Muchas clases de animales que se sabe pertenecen a la misma especie, están dotadas por la naturaleza con una diferencia de capacidades mucho más notable que la que, según parece, existe entre los hombres con antelación a los hábitos y a la educación que reciban. El filósofo no nace con un talento y unas tendencias tan diferentes de las de un mozo de cuerda como las que distinguen al mastín del galgo, o al galgo del perro olfateador, o a este último del perro pastor. Sin embargo, aunque todas esas diferentes razas de animales pertenecen a la misma especie, apenas si son útiles las unas a las otras. La fortaleza del mastín nunca se ve apoyada ni por la rapidez del galgo, ni por la astucia del perro olfateador, ni por la docilidad del perro pastor. Debido a la ausencia de esa capacidad o tendencia para el trueque y el intercambio, no es posible reducir a un depósito común los efectos que se derivan de estas diferencias de dotes y de talentos, y por esa razón, estos no contribuyen en nada a que la especie se encuentre mejor atendida en sus necesidades y comodidades. Cada animal sigue obligado a defenderse y sostenerse por si mismo, separadamente e independientemente, y no saca ventaja de ninguna clase de esa variedad de capacidades que la naturaleza ha distribuído entre sus compañeros. Entre los hombres, por el contrario, hasta los talentos más dispares son de utilidad los unos para los otros; gracias a esa disposición general para el trueque, la permuta y el intercambio, los frutos diversos de sus talentos respectivos son puestos, como si dijeramos, en un depósito común, en el que cada uno de los hombres la parte del fruto del talento de los demás que necesite.

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